Pablo Neruda habla de Federico García Lorca
¡Qué poeta! Nunca he visto reunidos como en él la gracia y el genio, el corazón alado y la cascada cristalina. Federico García Lorca era el duende derrochador, la alegría centrífuga que recogía en su seno e irradiaba como un planeta la felicidad de vivir.
Ingenuo y comediante, cósmico y provinciano, músico singular, espléndido mimo, espantadizo y supersticioso, radiante y gentil, era una especie de resumen de las edades de España, del florecimiento popular; un producto arábigo-andaluz que iluminaba y perfumaba como un jazminero toda la escena de aquella España, ay de mi! desaparecida. A mí me seducía el gran poder metafórico de García Lorca y me interesaba todo cuanto escribía. Por su parte, él me pedía a veces que leyera mis últimos poemas y, a media lectura, me interrumpía a voces: "No sigas, no sigas, que me influencias!"
En el teatro y en el silencio, en la multitud y en el decoro, era multiplicador de la hermosura. Nunca vi un tipo con tanta magia en las manos, nunca tuve un hermano tan alegre. Reía, cantaba, musicaba, saltaba, inventaba, chisporroteaba...
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