EL MOTOCICLISTA

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EL MOTOCICLISTA

Esto acaba de pasar ahora mismo.

Todas las mañanas cojo una motocicleta para ir al Lago Verde, un recinto enorme con una mansión antigua de fantasmas, un restaurante medio abandonado y una laguna de pesca poco frecuentada. El Lago Verde está a unos veinte minutos a las afueras del pueblo de San Francisco de las Sales en Cundinamarca, Colombia.
La plaza de San Francisco tiene los adoquines rotos, alguna paloma paticoja y señores con hombros relajados que fuman tabaco negro y toman tinto en las puertas de los locales. Hombres que ven la vida pasar con mucha serenidad.
En uno de los locales compro el tinto. Mierda, no debería tomar tinto, me da temblorina, pero es igual, también me pone a cien para escribir. Pido tinto, unos huevos pericos y una arepa de queso. Busco uno de esos taxis-motocicleta que hay en la plaza. Esos chicos motorizados ya tienen la mirada lasciva a las ocho de la mañana, todos menos uno que aparece subido en una motocicleta destartalada con dos cascos de esos que tienen toda la pinta de desprotegerte sin piedad. Si te caes al suelo con ese casco te partes el cuello igual. El mozo frena la moto suave y gradualmente. Tendrá unos treinta y pocos años, tiene la tez morena, facciones de simio, ojos de un azul eléctrico líquido y ninguna mirada lasciva. Al contrario, en sus ojos sólo hay gravedad, es como si alguien hubiese bajado los toldos de una heladería a la hora de la siesta. No sé porqué pero esa cara de simio, los ojos azules con toldos bajados y la sonrisa medio triste me dan mucha ternura. Le pregunto si me lleva al Lago Verde por tres mil pesos la carrera. Una muchacha flacucha –cajita de huesos, según dice mamá- que lleva una macuto de piel con un ordenador finito como una compresa, una cámara de fotos y un monedero con algunos pesos puede ser una golosina para los motociclistas y los avispados de la zona. Ya lo dice mi profe de guitarra, Pipe, que no entiende cómo me muevo por estos lares con esta destreza y cargando toda esa tecnología en mis espaldas. Sencillamente porque nací con poco sentido común y ninguna sensación de peligro. Menos mal y toquemos madera, que hasta la fecha aún no me ha pasado nada.

-Son tres mil pesos la carrera, ¿cierto? –Fuerzo, o mejor dicho, suavizo la “c” como una “s”, así se me nota un poco menos que soy de fuera.

Al motorista le importa un comino de dónde soy. Él contesta escueto: “Correcto”. No tiene picardía, ni maldad, ni ganas de preguntar, ni de mirar, ni de saber porqué tengo este acento español que imita tan mal al colombiano. Nada. Sólo me ofrece el casco rompe cuellos y se espera con cortesía a que lo tenga bien abrochado antes de arrancar.
Se oye el motor y el escenario empieza a cambiar, se oye el aire frotando los matorrales de las veredas. No voy a hacer eso que hace Lucía en la película de Lucía y el sexo, eso de poner los brazos en cruz, aunque me muero de ganas de hacerlo. Pero no quiero incomodar al motorista discreto. En su lugar, me dedico a observar los árboles plataneros y las flores diminutas esparcidas como gotas de óleo fucsia entre lo verde y el olor a mañana tropical ¡Cómo me gusta este lugar, no dejo de pensar en cómo me gusta este lugar! Un par de motociclistas saludan al mozo por el camino y él les responde alzando la mano, sin sonreír y sigue mirando hacia adelante silenciosamente. Parece que nada le incomode, que nada le perturbe. Llegamos a la puerta de rejas naranjas del Lago Verde. Está cerrada con candado. Me desanimo y el mozo me dice por lo bajinis: “Abra la cadenita, verá que eso del candado es de mentiras, no está puesto”. Abro la cadenita y efectivamente, el candado no está puesto. Es un atrezo para despistar, será que el dueño del negocio no quiere atraer a los pesqueros entre semana. Es la filosofía anticapitalista que se estila en la zona.
Miro al motorista con curiosidad porque la gente tan reservada me inquieta. Quisiera quitarle la biografía a cucharillas. Le doy los tres mil pesos por la carrera.

-¿Cómo te llamas?
-Rafael- dice mientras se mira los bolsillos -Le doy una tarjetica.

Por fin, me mira un poco con esos ojos líquidos y los toldos bajos. El silencio con él es más grave.

-¿Siempre estás en San Francisco?
-Sí, como tengo una enfermedad.

¡Lo sabía, lo sabía, a algo se debía el peso, los toldos!

-¿Qué enfermedad?
-Cáncer en la sangre.

Me quedo helada.

-¿Leucemia?
-Si.
-¿Desde hace cuánto?
-Desde hace cuatro años.
-¿Y cómo vas?

¿Qué clase de pregunta es esa, enana? ¿Cómo que cómo va? ¿Pues cómo va a ir? Estas cosas suelen ir mal. No sé, me pregunto cómo será su vida, si corre peligro de muerte, si es una leucemia aguda mieloide como la que le cogió a mi prima Andrea. Me hago las mil preguntas para saber si puedo contribuir en algo ínfimo a mejorar su vida. Antes de saberlo, ya me he casado con él y estoy en una choza incrustada en la vereda tropical criando a sus hijos mientras escribo cuentos con ilustraciones para niños pequeños.

-Cada siete días voy a Bogotá a que me hagan una transfusión de sangre.

Noto que Rafael mira la vida con sus ojos de azul líquido, ojos de mar muerto, creo que de ahí viene el peso, el silencio y la gravedad. Miro su “tarjetica” y me la guardo con cariño en el monedero. Aún me quedan unas cuantas vueltas más en motocicleta para volver al Lago Verde.

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