Esa tarde nos llamamos, era una llamda alegre porque estábamos todos muy contentos. Es lo que hacen los árboles, como dice Hillary, que te elevan el espíritu y te dejan en paz, generan una suave vibración que sube por el pecho. Por eso, esa tarde le dije que me hubiese gustado comprar un terreno para él. Que hubiésemos construido una casa, ahí mismo, delante del mar. Decía el gringo que el aire humedece la madera de las construcciones. A mi me da igual. Lo que quiero es un pedazo de tierra contigo y sentir por una vez que tengo una patria, aunque sólo sea de cien metros cuadrados. ¿Te imaginas? Tengo patria, tiene mar y un par de cocoteros, es pequeñita, eso sí, y se me cae la casa a pedazos, pero me da igual, porque el corazón la sostiene con esa vibración rara que sube por el pecho. Todo gracias a los árboles. Qué feliz idea. Qué barato el entusiasmo de los árboles, qué poco dura el verano.
Después de tanto caminar, encontré a una familia que cazaba peces.
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