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Siempre tenía un aspecto impecable, Stradlater, pero deberían haber visto, por ejemplo, la maquinilla con la que se afeitaba. Siempre estaba toda oxidada y llena de espuma y de pelos y de porquería. Nunca la limpiaba ni nada. Cuando acababa de arreglarse siempre tenía buen aspecto, pero si le conocías como le conocía yo, sabías que era un guarro secreto. Si se arreglaba tanto para tener buen aspecto era porque estaba locamente enamorado de sí mismo.

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